NATIVIDAD DEL SEÑOR – MISA DEL DÍA – 2014

25 dic. 2014


Carlos Alberto Merlo Masino
Homilía Navidad del Señor
El tiempo de preparación a las dos grandes fiestas del año litúrgico: la Pascua y la Navidad, la cuaresma y el adviento respectivamente; están marcados por un clima de recogimiento, de serenidad, de silencio que permite mirar hacia dentro del propio corazón. Por ello la liturgia marca la diferencia usando el color morado, y suprimiendo el canto del Gloria el cual, salvo un par de excepciones, no se canta ni recita.


Ésta fiesta de la Natividad del Señor tiene tres Misas cada una con su propio formulario de lecturas bíblicas, por lo cual hay muchísimo material para reflexionar, sin embargo nos detendremos en un versículo con el cual termina el trozo del evangelio que se lee en la Misa de la noche: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!” (Cfr. Lc. 2,14).
La noche, el momento en que parece que Dios no está, es roto por la multitud del ejercito celestial que glorifica a Dios, alabanza a la cual se unen los pastores (v.20). Los habitantes del cielo y de la tierra proclaman la gloria de Dios, la cual es la manifestación de la majestad divina ante la cual a la criatura no le queda mas que adorar. Eso hacemos nosotros cuando cantamos el gloria, adoramos el nombre de Dios, lo alabamos por su amor, por su revelación, y por su plan salvífico para con nosotros.
La oración de alabanza, la forma mas perfecta de oración, brota de la adoración, y la adoración es consecuencia del reconocimiento de la gloria de Dios, la cual para manifestarse necesita del silencio de nuestro corazón porque Dios no se caracteriza por las estridencias sino que se manifiesta en la brisa suave, tal como le paso al profeta Elías. La gloria de Dios se manifiesta en la sencillez, humildad, pobreza de un pesebre, no para pavonearse sino para hacer el bien a la criatura.
La gloria de Dios es la manifestación de su buena voluntad para con el ser humano, que se expresa en el shalom para los hombres. Shalom es una palabra que muchas veces a la ligera traducimos por “paz”, en realidad es un término de mayor densidad e implica bienestar, prosperidad, fortuna, totalidad, suficiencia, desarrollo pleno, satisfacción, serenidad, alegría, tranquilidad… Es una penetración total de la criatura por el bien, por lo bello, por lo justo; la salvación es eso, es armonía entre los hombres y Dios, entre los hombres entre sí, entre los hombres y el medio en que viven y se desarrollan, eso nos ha venido a traer Jesús.
¡Cuánto hay detrás de una sola palabra! De una palabra que muchas veces repetimos a la ligera. Ojalá que dentro de un rato cuando nos acerquemos a adorar al Niño Dios lo hagamos en un clima de oración y serenidad en el cual podamos reconocer la “Gloria de Dios”, que cada uno es objeto de ese plan salvífico de Dios que se manifiesta en la humildad de un niño recostado en un pesebre. Y que ese
reconocimiento nos lleve a la alabanza. 

Y que fruto de ese encuentro seamos mas humildes, sencillos, amables, humildes, tiernos… el signo de que verdaderamente hemos reconocido a Dios en ese niño recostado en el pesebre será que nuestra oración será de alabanza y en nuestra vida de todos los días nos transformaremos en protagonistas de la revolución del amor, la revolución de la ternura.