Mensaje para la Cuaresma, marzo de 2014

5 mar. 2014

Mensaje para la Cuaresma, marzo de 2014

Los años de vida que Dios Nuestro Señor nos concede son un precioso tiempo para crecer en su Amor. Es una etapa que va pasando, minuto a minuto, en la que el Creador nos presta continuamente su ayuda para dejarnos impregnar de su Vida, y nos prepara para la siguiente etapa, la definitiva: gozar de Dios mismo para toda la eternidad. Todo esto lo resume San Pablo con las siguientes palabras: "la voluntad de Dios es que sean santos" (1ª Tes. 4, 3).

La Iglesia de la que formamos parte todos los bautizados, es nuestra madre. Como buena madre, nos da el alimento que necesitamos para vivir la etapa de nuestra existencia terrena como buenos hijos de Dios y alcanzar la Salvación eterna. Por eso ha previsto este tiempo de Cuaresma que ahora comenzamos, tiempo de penitencia, de renovación interior, con el que nos preparamos para la Pascua.


Corremos un peligro: acostumbrarnos a la Gracia de Dios que cada tiempo litúrgico nos ofrece. Ese acostumbramiento podría llevarnos a no vivir la Cuaresma con el entusiasmo y la fuerza de quien valora un tesoro importante que se le ofrece. ¿No es un regalo grande, un tesoro, ésta invitación y ayuda de Dios a purificar nuestra alma y a comenzar de nuevo nuestra vida cristiana, esta invitación a convertirnos?

¿Qué significa la "conversión" que el Señor nos pide en este tiempo? Significa pasar de lo que somos a algo mejor. La misma persona, con el mismo nombre, con las mismas cualidades positivas, pero que ha reconocido sus pecados y ha pedido sinceramente perdón, como el hijo pródigo, intentando dejar atrás errores y desórdenes. Esa conversión cambia el corazón, lo hace más bueno; y del corazón brota entonces con más facilidad un trato de buenos hijos con nuestro Padre Dios, un amor sincero y generoso hacia los demás, una vida diferente: la del hombre o la mujer convertidos.

Otro peligro que corremos es pensar que no tenemos nada importante que cambiar. Y no es verdad, nos quedan muchos pasos de conversión por dar si de verdad queremos reflejar a Cristo en nuestra vida. ¿Cómo ver en qué tenemos que convertirnos? En la oración personal a la que nos invita especialmente este tiempo de Cuaresma.

            La frialdad o el desprecio de Dios que tantas veces vemos a nuestro alrededor, el egoísmo o el desamor hacia el hermano, no nos pueden dejar indiferentes. Nos invitan a vivir con más fidelidad nuestro compromiso de cristianaos, dejando a Cristo meterse más en nuestra vida. Nuestra conversión ayuda a la Iglesia de la que formamos parte, inyecta sangre buena y así ayuda a todos. Contribuye también a todo el mundo que necesita hombres y mujeres que con su vida renovada por Dios y en Dios, purifiquen todos los ambientes.

El arrepentimiento sincero anima al cristiano a buscar la Gracia del perdón en el Sacramento de la Reconciliación. Al confesarnos recibimos el abrazo del Padre Misericordioso que nos envuelve con su Amor; sana las heridas del pecado, da fuerzas y la ayuda que necesitamos para vivir una vida nueva.

La Cuaresma es una invitación a practicar con más generosidad la penitencia. Es una práctica cristiana que da mucha salud al alma. Una comparación: cuántas personas para cuidar su cuerpo se privan de alimentos o hacen ejercicios costosos; cuántos por amor a la familia hacen grandes sacrificios. La penitencia que nos imponemos nos une a la Cruz de Cristo, por tanto hacen bien al alma. Nos despega de lo terreno a lo que nos apegamos y por tanto nos facilita mirar a Dios y ponerlo en el centro de nuestra existencia. ¿En qué concretar la penitencia? El campo es muy amplio: sacrificios en la comida o la bebida, esfuerzos concretos para cumplir nuestro deber o para vivir la caridad con los demás, etc. Unas palabras del Papa Francisco a los Cardenales el 23-II-2014 nos dan algunas pautas para concretar la mortificación: "Precisamente en este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia; olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser «cauces» por los que fluye su caridad".

Recordemos que un corazón verdaderamente convertido es un corazón que se ocupa del hermano, de aquel que más necesita. Es propio también de la Cuaresma poner más esmero en las prácticas de caridad, en las obras de misericordia.

Pido al Señor por intercesión de la Santísima Virgen María que nos ayude a vivir cada minuto de esta Cuaresma con mucha fe, y llegar a la Pascua purificados, con la lámpara de nuestro Amor a Dios bien encendida.

+Hugo Nicolás Barbaro
 Obispo de San Roque de Pcia. Roque Sáenz Peña

Pcia. Roque Sáenz Peña, 3 de marzo de 2014