STA. SYLVINA: MENSAJE PASTORAL CON OCASIÓN DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR 2013

19 dic. 2013

"¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!" (Lc 2, 14).

Queridos hermanos:
Cristo es nuestra paz
Este año, cercanos a la Navidad del Señor, deseo reflexionar sobre «el don de la paz». El Niño de María nos trae la paz. Así lo exclaman gozosos los ángeles, primeros testigos de la Natividad del Redentor: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!" (Lc 2, 14). La paz es el "primer don" que trae a los hombres el divino Salvador. Es el "don navideño" por excelencia, anticipo del "don pascual". No es casualidad que Cristo resucitado, en la aparición a sus apóstoles, les diga con insistencia: "¡La paz esté con ustedes!" (Jn 20, 19. 21. 26; Sal 121, 8). Así, pues, el "don de la paz de la Navidad" es un preludio del "don de la paz de la Pascua". El que nace y el que resucita después, rompiendo las ataduras de la muerte (cfr. Ap 1, 18), es «el Príncipe de la paz» (cfr. Is 9, 5), como escucharemos en la Misa de Nochebuena. Porque, como dice el Apóstol, "Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba… Así creó con los dos pueblos un solo Hombre Nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona" (Ef 2, 14-15b. 16). Sí, la cruz de Cristo, es el signo supremo de la paz.
La Buena Nueva de la paz
                Cuando Jesús envió a los doce apóstoles (cfr. Mt 10, 12-13) y a los 72 discípulos a evangelizar (Lc 10, 5-6), les dio instrucciones precisas sobre la misión, particularmente sobre la paz. Además, nos exhorta la Palabra de Dios: "Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz (Ef 6, 15). En el centro del mensaje evangélico está el don de la paz: ¡Cristo es nuestra paz! Como dice San Pablo: "Él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca" (Ef 2, 17). Ahora, en Cristo Jesús, los dos pueblos –judíos y gentiles- han sido reconciliados; en él todos pueden sentarse como amigos a la única mesa y compartir el mismo pan. En Cristo no hay enemigos ni adversarios: todos somos constituidos hermanos, «hijos en el Hijo Único» (cfr. Gál 4, 6-7).
            El Evangelio de la paz es, por esto mismo, una fuerte llamada a la "no violencia" en ninguna de sus formas. Al creyente en Cristo le toca ser un «artífice de la paz», siempre y en todas partes. El Evangelio de Jesús no tolera jamás la violencia ni la puede justificar nunca. No se puede ser de Cristo y ser violento a la vez. La paz de Jesús debe ser una de las características principales de todo cristiano. Sembrar la paz con la palabra, con los gestos, actitudes y obras debe ser "moneda corriente" en la vida de todo seguidor de Jesús de Nazaret. ¡Él es el Maestro de la paz! Nosotros, hemos de tener 'pasión' por edificar la paz. ¡Que nadie se canse de sembrar la paz!
            Para el escritor latino Plauto y para el filósofo británico Hobbes, "el hombre es un lobo para el hombre". Hobbes afirma que en la esencia misma del ser humano está el egoísmo, que lo convierte al hombre en su propio verdugo. Puede que tenga razón dentro de la lógica de un humanismo sin Dios que termina por deshumanizar al mismo hombre. En cambio, en el mensaje del Evangelio, en Cristo fuimos reconciliados con Dios y con el hombre. Por lo tanto, Dios es nuestro Padre y todo hombre es nuestro hermano. ¡No creemos en el lobo, creemos en el hermano! Esta es la paz que nos ha conquistado Jesús. Sin Dios en el centro, la paz está siempre amenazada; sin Dios en el medio, la humanidad está siempre tentada a la guerra.
La reconciliación nos da la paz
            Sin perdón de corazón (cfr. Mt 18, 35) y sin reconciliación no hay paz. La paz es un «don» de Dios y una «tarea» del hombre. Así, el hombre se convierte en un aliado estratégico de Dios cuando provoca y construye la paz. Es entonces cuando el 'don' y la 'tarea' convergen en el Shalom bíblico, en la paz mesiánica: "Les dejo la paz, les doy mi paz" (Jn 14, 27).  
            Solo el corazón que ama entiende el lenguaje del perdón que conduce siempre a la reconciliación. Por eso, la "falta de paz" es siempre una "falta de amor". El amor hace nacer la paz. Y como Dios es el Amor mismo (cfr. 1 Jn 4, 8), es un Dios de paz. Jamás, entonces, se puede justificar ningún tipo de violencia contra el hombre invocando a Dios o a la religión. Los mártires cristianos, que sufrieron atroces persecuciones y violencias, no respondieron jamás con violencia, sino que, imitando a su Maestro, fueron también ellos llevados como ovejas al matadero (cfr. Is 53, 7; 1 Pe 2, 22-23). Lo expresa muy bien la primera Carta de Pedro: "No devuelvan mal por mal, ni injuria por injuria: al contrario, retribuyan con bendiciones, porque ustedes mismos están llamados a heredar una bendición" (3, 9). También el Apóstol Pablo nos exhorta: "No se cansen de hacer el bien" (2 Tes 3, 13; Gál 6, 9); "cuídense del mal en todas sus formas" (1 Tes 5, 22); "que nadie devuelva mal por mal" (1 Tes 5, 15), y que "vivan en paz unos con otros" (1 Tes 5, 13b). Entonces, "la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús" (Flp 4, 7). Las Sagradas Escrituras nos invitan a "evitar la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad" (Ef 4, 31). Hemos de pedir sin cesar el don de la paz, que es uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr. Gál 5, 22).
La paz litúrgica
            La Santa Misa está atravesada por la paz. Desde entrada, el sacerdote celebrante saluda al pueblo diciendo: "¡La paz esté con ustedes!". Es, como vimos más arriba, un saludo pascual. Luego, el acto penitencial, nos devuelve la paz con la absolución general del sacerdote: "Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna". El himno del Gloria, entonado por primera vez por los ángeles en la noche de Belén, comienza diciendo: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". Luego, antes del rito de la paz, el sacerdote, retomando las palabras del propio Jesús, dice: "Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: 'La paz les dejo, mi paz les doy', no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia, y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad". Sigue luego el gesto de la paz, introducido por las palabras del sacerdote: "La paz del Señor esté siempre con ustedes", para invitar finalmente diciendo: "Démonos fraternalmente la paz". Finalmente, en la parte final de la Santa Misa, el sacerdote despide a la asamblea diciendo: "La Misa ha terminado, pueden ir en paz". Por lo tanto, participar en la Eucaristía, nos lleva a ser «apóstoles», «centinelas» y «heraldos» de la paz.
La paz está siempre amenazada
            La paz se encuentra siempre amenazada: una mala palabra, un mal gesto, un falso testimonio, un mal genio, la indiferencia, la discriminación, los atropellos de cualquier tipo a la dignidad de la persona humana, todo lo que atenta contra la grandeza del matrimonio, la familia y la vida desde la concepción, la intolerancia por el que piensa y es distinto, el sentimiento de superioridad, la mentira, el engaño, el adulterio, la pornografía, la droga y otros vicios como los juegos de azar, el alcohol y el cigarrillo, las persecuciones y la difamación, entre otras tantas amenazas, contribuyen a la destrucción de la paz.
            Clamemos del cielo el don de la paz y seamos todos constructores acérrimos de ella. Necesitamos que todos los que llevan el nombre de cristiano, sean verdaderos y entusiastas «apóstoles de la paz». Decía el Papa Pío XII: "Todo se pierde con la guerra, todo se gana con la paz". Yo quiero gritar con fuerza a todos: ¡Paz en la Iglesia! ¡Paz en los matrimonios! ¡Paz en las familias! ¡Paz en las instituciones! ¡Paz entre las diferentes confesiones religiosas! ¡Paz en los medios de comunicación social y entre los comunicadores sociales! ¡Paz en el mundo de la política! ¡Paz en los barrios! ¡Paz en los pueblos y en los campos! ¡Paz en el mundo entero! "Que el Señor de la paz les conceda la paz, siempre y en toda forma" (2 Tes 3, 16).
            Que la Virgen de la paz, Madre del Salvador y causa de nuestra alegría, haga de nosotros, Iglesia de Jesús, una «vanguardia de paz», don y tarea que produce el desarrollo de las personas y de los pueblos. Sí, sin la paz no hay desarrollo auténtico del hombre. ¡Sin la paz el hombre es menos hombre!
            Que la llegada del Rey manso y humilde (cfr. Mt 11, 29; Mt 21, 5), el tierno Hijo de María, nos encuentre a todos en paz. La paz de Jesús no excluye a nadie: incluye a todos. ¡No hay paz sin inclusión!
            Con estos sentimientos y deseos, aprovecho la oportunidad para desearles una hermosa Navidad, a la vez que les envío de corazón mi bendición.
Desde Santa Sylvina, Chaco, sede de esta Parroquia "San Antonio de Padua", a los 12 días del mes de diciembre del año del Señor 2013, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América.

    Pbro. Gustavo Yatuzis