Homilía del Padre Carlos Alberto Merlo Masino

6 may. 2013

Homilía del Padre Carlos Alberto Merlo Masino 

6º DOMINGO DE PASCUA 2013
La lectura del libro del apocalipsis nos presenta la vida glorificada bajo la imagen de una ciudad, la cual está marcada por el simbolismo del número doce, doce son las puertas de la misma, doce son los ángeles que la custodian, doce los cimientos. Como doce son las tribus de Israel cada una de ella fundada por uno de los doce patriarcas, y doce son los Apóstoles que vienen a ser los nuevos patriarcas del nuevo Pueblo de Dios al que ya no se pertenece por un derecho de vientre sino por el renacer en la fuente bautismal.
Una ciudad en la que no hace falta la luz porque la misma gloria de Dios la ilumina. Esa gloria de Dios que se ha manifestado en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, a la que nosotros en la solemne Vigilia Pascual hemos hecho alusión a través del lucernario, o liturgia de la luz, que abarca toda la primera parte de la misma. El cristiano es el que vive iluminado por la gloria de Dios, el que vive en la presencia de Dios.
Esa luz que ilumina la vida del cristiano es la Palabra de Dios que pone en práctica aquel que verdaderamente ama a Jesús. Y aquel que amando a Jesús vive de acuerdo a esa Palabra, es morada de Dios, o sea que Dios vive en él. Es de algún modo como esa Jerusalén celestial que ve Juan en la revelación que recibe. Podríamos decir que el auténtico discípulo de Jesucristo es un ser traspasado por la gloria de Dios, un ser luminoso, alguien que posee una luz que no le es propia. El problema es cuando nos creemos que esa luz nos es propia.
Esa realidad de la que habla Jesús en el Evangelio, acerca de que Él y el Padre Dios vienen a vivir en aquel porque lo ama vive de acuerdo a su Palabra, lo hace en nosotros el Espíritu Santo mediante el bautismo. Es lo que la ciencia teológica llama la “inhabitación trinitaria”; o sea que por el bautismo somos morada de Dios, casa de Dios, templos vivientes; lo que implica una gran dignidad. Los bautizados no somos cualquier cosa, somos valiosos e importantes porque Dios vive en cada uno de nosotros, y porque vive en cada uno es que nos podemos recoger en oración y orar en donde estemos.
Cada uno de nosotros es valioso, muy valioso, y ello implica que hemos de valorarnos y hacernos respetar porque somos imagen y semejanza de Dios, templos de su gloria. Por ello un cristiano se respeta a sí mismo y respeta y hace respetar a los demás porque cada uno es sagrado. Allí tiene su raíz la vida moral, la vivencia de los mandamientos, lo cual no es un simple código de disciplina como puede haberlo en cualquier otra institución sino que es expresión de ese amor y respeto que ha de haber entre nosotros los bautizados.
Y ese amor y respeto implica una determinada manera de vivir. De allí se desprende no solo, como decíamos, el respeto; sino también la justicia en todos sus aspectos, la promoción integral de la persona, el diálogo que implica escucha, la fidelidad en las relaciones… toda una dimensión de la vida cristiana que no es aleatoria sino esencial. 


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