Francisco besó niños y enfermos, paseó entre la multitud y recibió el calor de la Iglesia universal

19 mar. 2013

"¡Viva el Papa". "¡Viva el Papa", gritaba una inmensa multitud mientras en un jeep descubierto el Papa Francisco recorría, a las ocho y media, la Plaza de San Pedro, muy lentamente, como flotando entre la muchedumbre. 


Emocionó su gesto de detenerse y bajarse del coche para abrazar a una persona con discapacidad. 



Y poco después se detuvo para saludar a dos niños. Los fieles, que esperaban desde las seis y media de la mañana, alababan su cercanía, mientras en la zona de autoridades se agrupaban más de 130 delegaciones de jefes de estado, ministros y líderes de las naciones y organizaciones de todo el mundo. 

Banderas de todos los países llenaban de color universal el centro de la cristiandad.

A las nueve y cuarto el Papa bendijo a la multitud y sonriendo mucho, se retiró para revestirse en la sacristía.



Diez minutos después, acompañado por los patriarcas católicos de las Iglesias Orientales, rezó en la tumba de San Pedro pidiendo la intercesión de su predecesor, el primer Papa. 

Volviendo en la Basílica, el Papa Francisco se unió a la procesión de cardenales concelebrantes, precedido por los diáconos que llevaban el palio pastoral, el Anillo del Pescador y los Evangelios.

La imposición del palio la efectuó el cardenal proto-diácono, Jean-Louis Tauran, el mismo que lo anunció en el balcón hace menos de una semana.

Lo acompañaba una oración del cardenal protopresbítero, Godfried Danneels. La entrega del Anillo la realizó el cardenal Angelo Sodano, decano. 

Seis cardenales, en nombre de todos los demás, reiteraron su obediencia. El primero fue el cardenal Giovanni Battista Re; después el cardenal Tarcisio Bertone; a continuación Joachim Meisner y Josef Tomko; por último, los cardenales del orden de los diáconos Renato Raffaele Martino y Francesco Marchisano.

La Misa empezó a las diez y fue concelebrada por los cardenales, los patriarcas y arzobispos mayores de las Iglesias orientales católicas, el secretario de la Congregación para los Obispos, Lorenzo Baldisseri, y dos españoles "especiales": el superior de los jesuitas y el superior de los franciscanos, que son vicepresidente y presidente de la unión de religiosos. 

En su homilía, el Papa se remitió a la figura de San José, modelo de paternidad y protección cuya fiesta celebra la Iglesia este día. "No debemos tener miedo de la bondad, ni de la ternura", repitió dos veces el Papa. Y pidió a todos ser como él: custodios fuertes que con ternura defienden a los débiles y pequeños. 

Las peticiones se rezaron en ruso, árabe, chino, francés y swahili. En árabe se oró por los gobernantes: "Todopoderoso Dios, en tu sabiduría, ilumina sus mentes y guíalos para construir la civilización del amor". En ruso se pidió la ayuda de Dios para que "todos los pastores y fieles puedan vivir la obediencia incondicional al Evangelio". La oración en chino se refería a la necesidad de transformar nuestras vidas "en la semejanza del Señor Jesús".

A las once, fue muy emotivo el histórico abrazo de paz entre el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, ante el altar. Es la primera vez, se considera, que un Patriarca de Constantinopla está presente en la Misa de inauguración de un Pontífice romano.

Francisco luego repartió la comunión a los fieles, que la recibían de rodillas. Mojaba la hostia en el cáliz, según algunos comentaristas, "como en las liturgias orientales". 

A las once y veinte, en menos de dos horas, la misa terminaba, con el canto del Te Deum. Francisco, como en días anteriores, evitó hacer parlamentos y discursos en varios idiomas. 

A renglón seguido acudió a la Basílica de San Pedro para recibir a los jefes de Estado y delegaciones de todo el mundo. 

El primer saludo lo dedicó a la presidenta Cristina Kirchner, de Argentina, y luego al presidente de Italia, Napolitano y al primer ministro Monti, ambos acompañados por sus esposas. El resto de mandatarios desfilaron por orden alfabético de sus países.